La reforma legislativa tras la crisis debe orientarse al inversor
A principios de la década de 1980 bancos y prestamistas empezaron a empaquetar préstamos hipotecarios y otros flujos de efectivo predecibles mediante emisiones de valores, hasta alcanzar un saldo vivo tres billones de dólares a finales de 2008. Durante años y en un entorno de bajos tipos de interés vendieron estos valores destinados a generar mayores rentabilidades a los inversores. Pero la toxicidad se puso de manifiesto con la espiral bajista del mercado residencial y escalada de apalancamiento, lo que condujo a falta de liquidez de contrapartes. De hecho las compensaciones se basaban en el volumen de operaciones más que a la calidad de los prestatarios o colaterales y muchos confiaron en exceso en las calificaciones de las agencias de crédito, mientras éstas acusaron falta de datos y experiencia.






